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LA INSPIRACION VERBAL DE LA BIBLIA

El movimiento Pentecostal insiste en que la base para la inspiración verbal de la Biblia se encuentra en la naturaleza misma de Dios. Comunicar es parte de su naturaleza. Él tomó la iniciativa de compartir sobre sí mismo con otros, enviando a su Hijo al mundo y proveyendo el don del Espíritu Santo sus hijos. El deseo de Dios de comunicarse o de revelarse a sí mismo, encuentra su expresión en la documentación escrita de su Palabra. Así como la Encarnación de Jesús y el don del Espíritu Santo revelan a Dios a la humanidad, de la misma manera, el texto bíblico revela Palabra de Dios. El arguento acá es que la Biblia no debe ser vista como un testigo secundario de Dios, sino como la mente y la voz misma de Dios, hablando a través de las edades, utilizando el texto de sus libros (Arrington, 2002, 101-07). La Escritura es el testigo primario de Dios porque contiene el registro escrito de su discurso documentado el texto bíblico, el cual es inspirado por el Espíritu Santo. Además, como testimonio primario, la Escritura es testigo salvífico y un agente santificador. 

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Esta posición en referencia a la Biblia se apoya sobre el hecho de que un encuentro con la Escritura es en realidad un encuentro con el Dios viviente. La dificultad que experimentaron los primeros pentecostales fue entender el papel de los autores humanos en el proceso de la inspiración. Estos reconocían que los escritores bíblicos disfrutaban de una experiencia particular con el Espíritu Santo y que el resultado de esa experiencia era lo que hoy tenemos como el texto bíblico. La dificultad se daba al tratar de comprender la combinación entre la actividad humana y la divina en la producción del texto bíblico (Yong, 2002, 49-59). Este era un problema que acarreaba similares dificultades en la discusión de las naturalezas divina y humana que ocurre en la Encarnación de Cristo. A estos les era muy difícil explicar cómo se combinaban y cooperaban la voluntad humana y la divina en la inspiración de la Escritura. 

Como respuesta a este problema, algunos pentecostales primitivos asumieron que los escritores bíblicos fueron instrumentos pasivos en las manos de Dios. Que estos eran solamente canales a través de los cuales la Palabra de Dios era expresada. Como resultado, estos entendieron a la inspiración como si se tratara de un dictado (Dempster, 1993, 129-35). Eventualmente esta posición fue corregida por los teólogos pentecostales que surgieron al final del siglo XX. Es probable que la idea del ‘dictado’ de parte de aquellos pentecostales primitivos se debió al hecho de que su método de interpretación no incluía o no le daba importancia al contexto histórico en el que el texto se produjo. Aparentemente no tomaban en cuenta la actividad humana en el proceso de la revelación de Dios. Al parecer, los enunciados bíblicos fueron entendidos como valores o principios generales, pero sin apreciar el contexto histórico en que se daban. Por supuesto, ese punto de vista sobre la inspiración fue corregido satisfactoriamente y ampliamente explicado a través de los años. Así que el crítico bíblico que se basa en estas posiciones históricas ya superadas por el pentecostalismo para denigrar a la enseñanza de la inspiración verbal de la Biblia ha fallado al no estudiar la formulación escritural y teológica de esa enseñanza correctamente. 

Contrario a esa posición, el pentecostalismo clásico enseña que en la formación del texto bíblico hay una cooperación total entre la naturaleza divina y la humana durante el proceso de registro de la Escritura. Como resultado, la Biblia es igualmente la Palabra de Dios y la palabra del hombre. Para ser más preciso, la Biblia es totalmente divina y totalmente humana, así como Jesucristo, desde el momento de la Encarnación, es totalmente divino y totalmente humano (Arrington, 102). Además, si en Cristo ambas naturalezas son indivisibles, de igual manera, en la Escritura, ambas naturalezas son igualmente indivisibles. 

Ahora bien, la dinámica de esa cooperación entre ambas naturalezas sigue siendo un profundo ministerio. Con respecto a este misterio, George Florovsky escribió: 

Las Escrituras son inspiradas y, por ello, son la Palabra de Dios. En cuanto, a la inspiración, es muy dificultoso definirla apropiadamente. Una definición de la inspiración es muy difícil proveerla pues hay un elemento de misterio contenido en ella. Es el misterio del encuentro entre lo divino y lo humano. Por lo tanto, es muy difícil entender cómo es que esos hombres recibieron la Palabra de Dios y cómo es que la pudieron articular en sus propias palabras y en su propio idioma. Con todo ello, esa transmisión humana también era la Palabra de Dios.

(Florovsky, 1972, 77)

La proclamación de la Biblia como un documento humano, de ninguna manera minimiza la realidad de su inspiración divina. ‘Toda’ Escritura es inspirada por Dios y ‘toda’ Escritura fue escrita por hombres. La Biblia es enteramente la Palabra de Dios, y al mismo tiempo, contiene enteramente palabras de hombres. Estos dos elementos no pueden ser separados ya que ambos son parte de la totalidad de la Escritura; tratar de separarlos sólo serviría para destruir el propósito mismo de la Biblia (Arrington, 104). En virtud de lo anterior, el elemento divino en la Palabra tampoco puede ser separado del humano, porque Dios ha decidido irrumpir, de esa manera, en la historia humana. La historia humana se convierte entonces en el vehículo que Dios ha escogido para revelarse a sí mismo; por lo que sería incorrecto tratar de descubrir la Palabra de Dios en las Escrituras separándolas del elemento humano presente en ellas. 

La enseñanza de la inspiración verbal de la Biblia ha sido atacada por teólogos que desconocen el proceso de formación de esta doctrina. Al parecer algunos se basan en la crítica del texto, la cual, vista desde una perspectiva pentecostal más bien confirma a la enseñanza misma porque esta reconoce la participación humana en su contexto para documentar la Escritura Sagrada, donde participan ambos Dios y el autor humano. Está claro que Dios no dictó el texto bíblico a personas que actuaron como robots documentando lo que Dios les dictaba. Todo lo contrario, lo maravilloso de la Escritura es la unidad completa entre las naturaleza divina con la humana para registrar el texto que contiene la Palabra de Dios en palabras humanas.

Los escritores bíblicos fueron individuos normales, sujetos a las mismas limitaciones de todas las personas. A estos Dios utilizó para documentar la revelación divina por medio de la documentación del texto escrito. Si el texto fue escrito en piedra o en papiro, eso no es lo más importante. Lo que hace valioso al texto es su permanencia y continuidad a través de la generaciones, con la misma inspiración desde el principio hasta hoy. Y lo más maravilloso es que esa Escritura ha sido preservada a través de las edades y hoy continúa revelando a Dios y su amor por la humanidad en todos los idiomas donde la Biblia ha sido traducida. He ahí la intervención divina y la actividad humana en la producción del texto sagrado. He ahí la inspiración verbal de la Escritura.

LA HERMENEUTICA PENTECOSTAL

Acá examinaremos los fundamentos que le dan forma a la hermenéutica pentecostal, la cual también es conocida como pneumática. La discusión se concentrará sobre las predisposiciones y presuposiciones que el intérprete pneumático acarrea cuando asume la tarea de interpretar el texto bíblico. Lo que mencionamos ofrece algunas variables independientes que deberán ser consideradas por el lector para poder estar de acuerdo en la discusión.

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Entonces procedamos a debatir sobre algunas variables que intervienen en este estudio.

Es indudable que el movimiento del Espíritu Santo, a la pentecostal, ya ha permeado a la cristiandad entera. Lo cual equivale a decir que:

1) La experiencia carismática ha dejado de ser un fenómeno que ocurre solamente entre los pentecostales pues se ha expandido de tal modo que ya ocurre también en los otros movimientos cristianos. Por tal razón se podría concluir que la experiencia pentecostal es un fenómeno que ha llegado a ser parte de todo el cristianismo, en todas las regiones y confesiones de fe en nuestro mundo.

2) Por otro lado, esa expansión a todos los demás movimientos cristianos trae consigo una diversidad ineludible; es decir, cada cristiano que ha vivido la experiencia pentecostal ya tiene su propio trasfondo teológico y eclesial. Eso hace necesario el establecimiento de fundamentos teológicos y un método de interpretación adecuado que sirvan como marco conceptual a las diversas corrientes que forman parte del movimiento del Espíritu. Entre todos los movimientos carismáticos, el Pentecostalismo Clásico es el que posee una metodología teológica y hermenéutica adecuadas, dentro un marco eclesiológico sólido.

La primera pieza a observar, para examinar tales presuposiciones es el origen histórico de donde emerge el movimiento. La cuna de dónde surgió el Pentecostalismo Clásico fue primordialmente wesleyana e influenciada por el movimiento evangélico de santidad de aquella época. Ese era el marco teológico y eclesiológico que prevalecía en Norteamérica cuando dio inicio el Pentecostalismo Clásico. Tanto para Juan Wesley como para todos aquellos que llegaron a ser parte del movimiento de santidad, un verdadero cristiano estaría siempre marcado por dos cualidades inseparables—la santidad y la felicidad (Inge, 2002, 102-42).

Dentro del contexto wesleyano, la santidad no es un estado que se logra por medio de la ausencia de pecado, sino por la consagración a Dios de todo corazón. El creyente alcanza esa condición de santidad cuando hace a un lado las afecciones y los intereses personales y decide someterse a la absoluta voluntad de Dios. Esta condición es la que genera el estado de ‘perfecto amor’ (Caswell y Bratton, 2014, 125). Para la escuela wesleyana, por lo tanto, una persona cuya norma de vida es la santidad, vive en amor y ha alcanzado la felicidad al perseverar en la voluntad de Dios. Esta es una obra de gracia provista por la voluntad soberana del Espíritu Santo, la cual más tarde se convertiría en el fundamento teológico para la subsecuente llenura o bautismo con el Espíritu Santo, según lo enseña el Pentecostalismo Clásico. Luego entonces, ese énfasis en la santificación se convirtió más tarde en el distintivo principal del movimiento wesleyano, que serviría como fundamento para la ‘experiencia pentecostal’ que ocurriría años después. 

Ese trasfondo que también se ha conocido como metodista-wesleyano afectó a gran parte del pentecostalismo clásico y por ende su teología y su hermenéutica. Los enunciados éticos del pentecostalismo proponen una santidad que no es necesariamente ascética, sin embargo, enfatizan que para permanecer en el estado de santidad el creyente debe someter el corazón y la carne a la voluntad del Espíritu Santo en forma total. Esa condición de vida transforma al cristiano por completo, en una persona feliz y más productiva. Por consiguiente, esa condición de santidad genera un estado de amor, el cual impele al creyente a convertirse en un evangelista activo, apasionado por el amor de Dios (Owen, 1998, xv). Todo este debate ocurrió al final del siglo XIX y sirvió como base para que los primeros pentecostales justificaran su experiencia y la definieran como la ‘tercera obra de gracia’ del Espíritu Santo, en la vida del creyente. 

Los pentecostales clásicos, afirman que el bautismo con el Espíritu Santo ocurre subsecuentemente a la limpieza de corazón. Esto último fue lo que originó la doctrina de la ‘subsecuencia’ (Chan, 2000, 85), a la cual más tarde le añadirían la doctrina de la ‘evidencia inicial’ (Macchia, 1998, 149-73). Esta se origina con la explicación teológica de la glosolalia, que en Topeka, Kansas, fue identificada como la evidencia inicial del bautismo con el Espíritu Santo McGee, 2008, 15). Todo este marco histórico es importante en la formación académica de la hermenéutica y el método de interpretación pneumatológicos. 

Las tendencias hermenéuticas y la teología de Wesley en el siglo XVIII son decisivas para el estudio y entendimiento de la hermenéutica pneumática. Con respecto a este asunto, Wayne McCown fue capaz de identificar cuatro principios que fueron determinantes en el marco teológico de Juan Wesley: (1) El método de predicación de Wesley incluida la lectura de pasajes largos y enteros de la Escritura. Wesley mismo se convirtió en una Biblia viviente pues había memorizado trozos completos de la Biblia. Su pensamiento, lenguaje y expresión se mezclaban con el léxico bíblico. La forma en que Wesley se refería a la Escritura demostraba su pasión por el texto, de tal manera que su discurso mismo fue transformado por el poder de la Palabra. (2) Para Wesley el estudio de la Palabra no era meramente un ejercicio académico sino una experiencia devocional fortalecida por el poder de la oración. (3) Wesley creía que la Biblia era la fuente primaria que le daba autoridad a la doctrina que enseñaba y esta era la que nutría sus escritos y su predicación. (4) Finalmente, Wesley consideraba que la aplicación práctica del mensaje de la Palabra era una conclusión necesaria en la tarea hermenéutica (McCown y Massey, eds., 1982, 3-6). Así que, para Wesley, el propósito del estudio de la Palabra era entender la voluntad de Dios y luego actuar sobre la base de ese entendimiento. Esa fuerte afirmación de la autoridad bíblica para la formulación doctrinal y la respuesta recibida por la aplicación práctica de esta sirvió como el fundamento sobre el cual los creyentes basaran su pensamiento más tarde. 

El Movimiento de Santidad también ejerció una influencia decisiva sobre la hermenéutica y la teología del Espíritu. Las enseñanzas de la santidad del siglo XIX, que también había establecido su teología sobre el pensamiento de Wesley, formuló un patrón de pensamiento y agenda teológica que más tarde sería debidamente elaborada por teólogos del movimiento del Espíritu. Richard Dalton reconoció ese proceso: El reconocimiento manifestado por autores reconocidos del siglo XIX, sobre la verdad del bautismo del Espíritu Santo subsecuente a la regeneración contribuye más a la aceptación de las enseñanzas pentecostales, que a la aceptación de las enseñanzas mismas que éstos trataban de implementar al comienzo del siglo XX. Dwight L. Moody, R. A. Torrey, A. J. Gordon, Andrew Murray, James Elder Cumming y C. R. Vaughan, todos ellos escribiendo antes del año 1900 también coincidieron en sus posiciones doctrinales en relación con la experiencia espiritual, conocida como el bautismo con el Espíritu Santo subsecuente a la regeneración. Todos ellos se refirieron a la experiencia como decisiva y estuvieron de acuerdo en que su propósito era infundir poder en el creyente para el servicio cristiano (Dalton, 1973, 3-9).

Obviamente estos autores vieron que la oportunidad había sido brindada a cada creyente para participar de una experiencia espiritual especial que toma lugar después de la regeneración. Aunque dos de esos predicadores de la santidad, Torrey y Murray, más tarde escribieron que el hablar en lenguas no era la evidencia inicial física después de la de la regeneración, sin embargo, proveyeron el terreno sobre el cual se fundamentó y desarrolló la teología pentecostal del bautismo con el Espíritu Santo subsecuente a la regeneración (Dalton, 1978, 8). Tales enseñanzas sirvieron de base para que posteriormente se iniciara el sistema de interpretación pneumática. 

(Continuará la próxima semana)

TEOLOGIA DEL EVANGELIO COMPLETO

La teología Pentecostal integra en su naturaleza académica a la narrativa del evangelio, tal y como ha sido registrado en el texto bíblico y, como lo ha practicado la iglesia históricamente.

Es una descripción integral que describe la obra redentora de Jesucristo, a esta se le conoce en el movimiento pentecostal como ‘evangelio completo’. Otros lo han descrito que como el ‘evangelio quíntuple’. El ‘evangelio completo’ es una articulación doxológica relacional de la obra redentora de Cristo Jesús.  El es el Mesías Salvador (Liberador), Santificador, Bautizador espiritual, Sanador y el Rey que viene a tomar todos los reinos de este mundo bajo su poder, dominio y autoridad. 

La actividad soteriológica de Cristo se manifiesta a través de una obra quíntuple que puede ser descrita de esta manera. 

Cristo Salva. En la narrativa del evangelio está escrito que “En ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en quien podamos ser salvos» (Hechos 4:12).  De esa manera, Cristo es el medio a través del cual la humanidad puede obtener la salvación. A través del sacrificio expiatorio de su Hijo, Dios proveyó el medio perfecto para la redención. Así que Cristo Jesús es la única persona que puede redimir a todos los que creen en él y le reciben por medio de la fe. Es por esa razón que los creyentes afirman que Cristo es el único y suficiente salvador para los que le reciben.

En segundo lugar, Cristo Santifica. Es por el poder transformador de la Palabra, el poder limpiador de la Sangre de Jesús vertida en la cruz y por el poder purificador del Espíritu Santo que la santificación ocurre en los creyentes. Es un proceso continuo mediante el cual Dios transforma las imperfecciones humanas y las encamina hacia la meta de llegar a ser como Cristo. En la santificación nuestros pensamientos, al igual que nuestras emociones y sentimientos reflejan el carácter de Cristo y esta nos motiva a continuar en obediencia a los mandamientos del Señor.

Además, Cristo Bautiza con el Espíritu Santo. Bautizar significa que somos llenos del Espíritu Santo y su poder. De esa experiencia nos levantamos capacitados para iniciar una nueva vida dedicada a Cristo. Es así como los creyents dejan la vida vieja y comienzan una nueva, con abundancia de vida, gozo y gratitud. Luego estos también se unen al pueblo redimido de manera pública y proclaman así las buenas nuevas del evangelio. 

En cuarto lugar, Cristo sana. Fue en la cruz que Cristo murió por los pecadores, no solo para salvarlos espiritualmente, sino que para sanarlos de todas sus dolencias. En realidad la sanidad de Cristo es integral. Esta trasciende el estado físico de enfermedad para transformar a la sociedad misma de todos sus males y defectos. El profeta Isaías dice: Herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestras iniquidades; y por sus heridas fuimos nosotros sanados. ¡Cristo no cambia y hoy todavía sana!

Quinto, Cristo Viene. Antes de su ascensión, El Señor Jesucristo, comisionó a sus discípulos a llevar las buenas nuevas a todo pueblo, lengua, raza y nación. La misión es enseñar a otros el camino, la verdad, y la vida, hasta que regrese otra vez, en forma personal y visible. Al ascender Jesús al cielo, dos ángeles aparecieron–y dijeron a los discípulos:  Varones galileos ¿Por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido llevado al cielo, volverá de la misma manera que lo han visto irse. 

Además, el inminente retorno de Cristo prepara a los creyentes para la adoración universal del Mesías que viene a reinar. La actividad doxológica del pueblo de Dios se revela en la manifestación de la gloria de Dios en la vida y las acciones de todos los santos.  

La actividad Trinitaria en el Evangelio Completo o Quíntuple

Como ya hemos apuntado antes, los principios de la teología pentecostal emergen de Dios mismo, quien en su condición Trinitaria, se revela a la humanidad como Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Padre envía al hijo. El Hijo se encarna en la humanidad y la redime. Luego el Hijo envía al Espíritu Santo para que sea su vicario en el mundo. El Espíritu Santo revela el evangelio a la humanidad, conecta a los pecadores con Dios por medio del sacrificio redentor de Jesús. Seguidamente los convierte en discípulos de Jesús, los llena de su plenitud y los capacita con dones que representan señales del reino de Dios revelado a los hombres.

También hemos visto que pentecostés es la fiesta del Dios Padre con sus hijos. Pentecostés representa la celebración del sacrificio y la redención del Hijo de Dios. Además, manifiesta la naturaleza y la realidad del reino de Dios a través de la vida de sus hijos. De esta manera pentecostés es más que un evento, es una representación del evento eterno donde Dios establece su reino entre todos los pueblos, tribus, naciones y lenguas de este mundo. El trabajo del Espíritu Santo es preparar y organizar detalladamente todos los elementos y las personas que participarán en el evento pentecostal más grande de todos los tiempos. Dentro de este contexto de pentecostalización de la creación, Dios tiene a un pueblo trabajando hacia esa meta doxológica que marca el establecimiento de su reino en este mundo. 

Lo expresado anteriormente nos lleva a elaborar algunos argumentos que confirman la validez de una teología pentecostal sólida.

La teología pentecostal da testimonio de los distintivos esenciales de la fe cristiana.

  • Es una disciplina académica que opera sobre las preocupaciones que ocupan a la agenda teológica pentecostal.
  • La teología pentecostal posee un método teológico que pueda dialogar con otras tradiciones.
  • El pentecostalismo posee un lenguaje y vocabulario teológico capaz de dialogar con el pentecostalismo global.
  • La teología pentecostal es capaz de comunicarse con otras confesiones  y marcos teológicos.
  • La teología pentecostal puede dialogar ecuménicamente y sabe mantener su distintivo en ese terreno.
  • Los pentecostales tienen un tema central para la reflexión teológica.
  • El pentecostalismo se conduce muy bien con las preocupaciones sociales
  • La teología pentecostal también puede hablar con autoridad al público.

La teología pentecostal es constructiva y estudia con claridad, las enseñanzas y prácticas que emergen y se manifiestan en el movimiento. El evangelio completo es su narrativa y terreno de acción. El entusiasmo y la eficacia de sus miembros genera una movilización que continúa extendiéndose local y globalmente. 

(Continuará la próxima semana).

EL PAPEL DE LA NARRATIVA EN LA TEOLOGIA PENTECOSTAL

Como hemos visto, la narrativa pentecostal del evangelio incluye la espiritualidad, las experiencias, los afectos y las prácticas concretas de la comunidad cristiana. La base descriptiva de la teología pentecostal la encontramos en el evangelio de Lucas y en los Hechos de los Apóstoles, del mismo autor. Para los teólogos pentecostales, Lucas no sólo describió o narró eventos sobrenaturales, en realidad escribió teología. Este tuvo la habilidad de observar, clasificar y analizar, eventos y situaciones que servirían como fundamento para el marco teológico del nuevo movimiento del Espíritu. 

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El movimiento del Espíritu ha permanecido vivo a través de los siglos. Contrario a lo que enseñan los teólogos cesecionistas, la actividad pentecostal de la iglesia nunca cesó. Los cesecionistas basan su posición en la teoría de las dispensaciones, argumentando que los eventos que ocurren en una período dispensacional no vuelven a ocurrir en otra. Esta posición es desarticulada con algunas referencias bíblicas que ocurren tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, en el libro de Joel 2:28-29 leemos, Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones; y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días”. Obviamente, estos acontecimientos pentecostales son anunciados como eventos que ocurrirían trans-dispensacionalmente. Por esa razón los pentecostales abandonaron las teorías dispensacionalistas y procedieron a centrar su atención en la vida nueva generada por el Espíritu de Dios para todos los creyentes en Cristo Jesús.

Sin embargo, temprano en el siglo XX hubo resistencia entre los historiadores a registrar esos eventos del pentecostalismo histórico. En casi todos los volúmenes de la historia de la iglesia, antes que el pentecostalismo creciera, los escritores cristianos omitieron la actividad pentecostal del Espíritu, especialmente aquella que se dio temprano en el siglo XX. La información histórica que encontramos hoy fue documentada por los historiadores pentecostales mismos, quienes estudiaron y reconstruyeron cuidadosamente los datos históricos que habían sido ignorados al principio de siglo. El anti pentecostalismo de los escritores reformados y evangélicos trató de neutralizar, esconder o minimizar la actividad claramente manifiesta del Espíritu a través de la historia de la iglesia. No obstante, ante esa deliberada oposición, el Espíritu Santo levantó un movimiento dinámico y fuerte, especialmente entre las personas marginadas y vulnerables y lo extendió por todo el mundo. Fue así como la narrativa de Lucas se extendió a través de los siglos y se ha incrementado abrumadoramente en los últimos días. Según el argumento escatológico pentecostal esta es una fuerte señal del inminente retorno del Señor. 

En la Teología Pentecostal también encontramos una invitación al altar, y como ya hemos visto, el altar es una invitación al Evangelio Completo, y este Evangelio es una invitación a Pentecostés. El estudio y la práctica del evangelio completo nos ofrece una plantilla para interpretar a la humanidad y su mundo. Como hemos visto, la teología pentecostal nos conduce a encontrarnos con el Redentor que también transforma a la cultura, protege al medio ambiente, la creación y crea una sociedad justa donde prevalece el amor, la justicia y la paz. Es así como Pentecostés nos invita a una comunidad llena del Espíritu.

Desde el punto de vista de esta teología, los creyentes son llenos del Espíritu Santo y equipados con habilidades carismáticas para transformar a la humanidad integralmente. Una vez que las personas son redimidas y se incorporan a la comunidad de creyentes, estos son santificados y habilitados para recibir la llenura del Espíritu Santo. El Espíritu opera en la naturaleza humana, transformándola y habilitándola para ser parte del ministerio de todos los santos. Es un estado de fe que ocasiona gozo y motivación para expandir el evangelio a toda creatura, en todo lugar. En el ejercicio de ese ministerio ocurren maravillas, señales, prodigios y milagros que evidencian la presencia y la confirmación de Dios en la vida y las acciones de los fieles.

(Continuará la próxima semana)

LA FIESTA DE PENTECOSTÉS

La articulación de una teología pentecostal, llega hasta el corazón de la fiesta de Pentecostés.  Esto nos indica que para entender al pentecostalismo hay que estudiarlo como movimiento y desde adentro, sin inhibiciones ni prejuicios. De lo contrario, el estudiante se frustrará pues tendrá que evaluar al movimiento basado en marcos teológicos extraños al pentecostalismo. Nada más erróneo que intentar evaluar a una teología sin conocerla.

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Los desafíos de estudiar a la figura de pentecostés como símbolo de la teología son múltiples. 

  • ¿Cómo es que funciona este evento histórico de manera que podamos utilizarlo como símbolo teológico? 
  • ¿Cómo emplea la teología pentecostal a pentecostés sin el riesgo de ser acusado de reduccionismo teológico o primitivismo histórico? 

En otras palabras, ¿cómo nos movemos de pentecostés a pentecostal y viceversa? La respuestas a estas preguntas requieren que pentecostés sea visto como el símbolo teológico de la teología pentecostal.  Veámoslo desde tres puntos claves que surgen en la discusión: 

  1. Primero, formulando una posición teológica genuina enfocada en la fiesta de pentecostés.  Acá la tarea inicial es desarrollar y articular las fuentes bíblicas que informan a la teología desde el día de pentecostés hasta hoy y, mostrar cómo es que esas fuentes se pueden utilizar de manera consistente en la implementación práctica de la fe. Acá estamos hablando de una teología que cobra vida en el campo de la práctica. Esta no se queda solamente en el nivel del razonamiento abstracto que es difícil de entender y explicar. Al contrario, a través del símbolo de pentecostés el creyente enriquece su fe y conocimiento de doctrinas practicables en la vida diaria, en la comunidad. 
  2. Segundo, el marco narrativo teológico del día de Pentecostés captura las convicciones teológicas del movimiento. En este marco está comprendida la historia de la redención dentro del plan de Dios para la humanidad. A la fiesta de pentecostés las personas venían al altar a encontrarse con el Dios redentor, quien eventualmente se encarna en la persona de Cristo y este se convierte en el sacrificio del pueblo para satisfacer los requerimientos de la salvación. Desde el punto de vista de esta narrativa se puede identificar claramente al ‘evangelio completo’.  
  3. Tercero, el principio del ‘evangelio completo’ analiza cómo es que la narrativa de Lucas se basa en la espiritualidad, la experiencia, los afectos y las prácticas concretas de una adoración y servicio total a Dios. Como hemos visto, esto concluye con el llamado al altar. La respuesta de los creyentes al llamado al atar es lo que identificamos como el momento en que la fe se vuelve tangible en la comunidad de fe. 

La fiesta de pentecostés se muda de una condición simbólica a una transformación práctica. Esto último también revela el momento en el que Dios se encarna en la persona de Jesús. El Dios eterno vuelve tangible y real para la humanidad. Pero en su condición de hombre el Hijo se presenta asequible, vulnerable y humilde. El toma una posición de siervo y eventualmente de sacrificio. La fiesta de pentecostés alcanzaba su clímax en el altar del sacrificio. Era ahí donde el Padre completaba su obra redentora. En realidad hay una conexión muy estrecha entre el símbolo de pentecostés y el evento real del Gólgota. Este y otros simbolismos pentecostales fortalecen la fe y establecen el fundamento de una teología pentecostal del camino.

(Continuará la próxima semana)

LA METAFORA DEL ALTAR

La metáfora del altar en la teología pentecostal nos invita a la presencia de Dios. Según la descripción sacerdotal de Jesús en Hebreos 4, la Palabra nos dice. “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.” (v. 16). En ese lugar conocido como el trono de la gracia es donde los hijos de Dios se acercan a la presencia misma de Dios. En ese lugar ocurre una vivencia humana y divina única y especial, por que es ahí donde el hombre se conecta con Dios. Es por esa razón que los pentecostales se refieren a este fenómeno como el altar del Señor. A través de esa experiencia, una vez más, la fiesta de pentecostés se vuelve realidad en medio del pueblo de Dios.

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En el pentecostalismo, el altar es entendido metafóricamente. El altar nos muestra cómo la historia es capaz de pasar del día de pentecostés (como evento histórico) a Pentecostés (como símbolo teológico) y, de este al pentecostalismo (como un movimiento cristiano) y viceversa. En realidad, la teología pentecostal nos invita al altar, y el altar nos invita a vivir el evangelio completo, y el evangelio completo nos invita a la fiesta de Pentecostés. Todo esto ocurre en el altar. En el altar somos salvos, somos santificados y llenos del Espíritu Santo. En el altar somos sanados y en el altar somos comisionados para anunciar las buenas nuevas de salvación y, de esa manera, allanamos el camino para el retorno del Mesías.

En la vida prática, el altar es el lugar donde toma lugar todo el evento de la redención y la manifestación escatológica del Mesías Redentor. Al altar llegamos para convertirnos a Cristo y es en ese lugar donde experimentamos el ‘nuevo nacimiento.’ En el altar somos transformados en nuevas creaturas. (2 Cor. 5:17) Allí llegamos con nuestras necesidades y problemas en busca de la ayuda divina. Al altar traemos nuestras ofrendas y sacrificios para mostrarle a Dios nuestra gratitud, nuestra fe y sumisión. También, al altar llevamos a nuestra familia. Es ahí donde dedicamos a nuestros hijos al Señor. Al altar llevamos nuestra vida, y es en el altar donde Dios nos recibe, nos acepta, nos perdona y nos bendice. Además, desde el altar Dios nos llama para servirle. En el llamamiento al altar y en nuestra respuesta a este, se destaca cómo el corazón se torna completamente a Dios, manifestándolo a través de una conversión total, comprometida con la práctica plena del evangelio.

Una vez en el altar, el Espíritu de Dios nos invita a vivir y proclamar las buenas nuevas del evangelio completo, y este evangelio nos invita a vivir nuestra propia fiesta de Pentecostés. Esto es así porque en el propósito de Dios está la sanidad de todas las naciones. La sanidad que emana del altar es integral; abarca a la humanidad en toda su naturaleza. En la sanidad ocurre milagros, prodigios, maravillas y señales que acompañan continuamente a los creyentes y los vuelve efectivos en su ministerio. Estas son obras ejecutadas por los creyentes que llenan de satisfacción y regocijo a Dios y a sus hijos y, el mejor lugar para celebrarlo es el altar, con una fiesta espiritual, nuestro propio pentecostés.

En el altar se da la alabanza y la adoración a Dios. Ahí se presentan la oración y los ruegos de los hijo Dios. Con esto en mente fue que el Señor declaró: “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.” (Jn. 4:23-24). En realidad, en el altar ocurren cosas verdaderamente maravillosas.

(Continuará la próxima semana)

LOS PRINCIPIOS TRINITARIOS DEL PENTECOSTALISMO

Los principios del Pentecostalismo emergen de Dios mismo, quien en su condición y actividad Trinitaria se revela a la humanidad como Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Padre envía al hijo. Esta es una revelación del misterio y la profundidad del amor divino. Recordemos, por ejemplo, las palabras en Juan 3:16, “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…”; El Hijo se encarna en la humanidad y la redime. Luego, el Hijo envía al Espíritu Santo para que sea su vicario en el mundo. El Espíritu Santo revela el evangelio a la humanidad, conecta a los pecadores con Dios por medio del sacrificio redentor de Jesús, el Hijo de Dios. Seguidamente, los convierte en discípulos de Cristo, los llena de su plenitud y los capacita con dones que representan las señales del reino de Dios revelado a la humanidad.

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Los dones espirituales son otorgados soberanamente por el Espíritu Santo a los discípulos de Cristo. Estos dones son evidencias del poder de Cristo que acompaña a los creyentes en su acción en el mundo y, al mismo tiempo, estos evidencian las señales del reino de Dios. Esas señales son palpables por medio de las obras operadas por los hijos de Dios. Por ejemplo, los enfermos son sanados, demonios son expulsados, milagros y prodigios ocurren y el evangelio es anunciado a los pobres, a los marginados y a las viudas. La meta del Espíritu Santo es generar transformación integral en la vida tanto personal como comunitaria.

Es la actividad de los creyentes la que transforma al mundo. Los discípulos de Cristo proclaman y practican el evangelio completo. A este se le puede describir desde la perspectiva de la acción quíntuple de Cristo, salvando, santificando, bautizando con el Espíritu Santo, sanando y comisionando a los creyentes para la obra del ministerio, cuya meta escatológica apunta al retorno de Jesús como el Mesías de este mundo. Esta actividad del Espíritu hace posible que los creyentes permeen a todos los sectores de la sociedad con un mensaje de esperanza y transformación. Además, les da la oportunidad a las personas de tomar decisiones que afectarán su vida terrenal y su condición futura en la eternidad.

En todo caso es la fuerza del Espíritu de Dios la que mueve a la iglesia a la acción. Es la consumación de la labor Trinitaria de Dios que completa la vivificación de un mundo sumido en el pecado y necesitado de salvación. Para los discípulos de Cristo esta es su misión, tal y como está descrita en la Palabra, ‘Id y haced discípulos a todas las naciones…’ (Mt. 28:19). Esta la base de una teología pentecostal que es constructiva y que estudia con claridad las enseñanzas y practicas de la fe que emergen y se manifiestan en el movimiento.

(Continuará la próxima semana)

¿UN SEMINARIO BIBLICO PENTECOSTAL?

¿Se necesita una institución que forme y eduque a los pastores de la iglesia?

La repuesta a esta pregunta la propondremos en una serie de presentaciones de este blog.

El pentecostalismo tiene un método que construye sobre la base de un sistema teológico enraizado en la Escritura, la actividad del Espíritu Santo, como el tercer miembro de la Trinidad, quién dirige y encamina a la iglesia hacia su misión. Además, cuenta con el testimonio de comunidad de fe que confirma la armonía de esta teología con el plan de Dios para la humanidad y su universo.

 El pentecostalismo es uno de los movimientos cristianos de mayor y más rápido crecimiento en el mundo.  A principios del siglo XXI los pentecostales representan más de una cuarta parte de la  población cristiana en el mundo. Ante esto último surgen algunas preguntas como estas ¿qué es lo que creen los pentecostales? ¿En qué basan sus doctrinas y prácticas de la fe? ¿Dónde encontramos una teología pentecostal en la Escrituras? ¿Qué es la teología pentecostal? Estas son algunas de las preguntas que enfrenta el seminario en su formación doctrinal, teológica y ministerial de sus estudiantes.

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Si hiciéramos esas mismas preguntas a los católicos, probablemente estos buscarían la respuesta en el Catecismo de la Iglesia Católica. Por su parte, la tradición Reformada probablemente indagaría dentro de las instituciones de la Religión Cristiana propuestos por Juan Calvino o, mirarían al mismo Catecismo de Westminster. En el caso de los Luteranos, estos quizás buscarían los textos de Martin Lutero, tales como el Libro de la Concordia y la Confesión de Augsburgo. ¿Pero dónde buscamos la teología pentecostal?

La mera sugerencia de que existe una ‘teología pentecostal’ es probable que encuentre resistencia en algunos círculos teológicos, al igual que varias y variadas respuestas de otros. Es más, algunos todavía resistirían la existencia y la veracidad de tal teología. No obstante, es curioso observar que la historia del pensamiento cristiano, desde el siglo XX hasta hoy, no se podría escribir sin una discusión exhaustiva y responsable de los movimientos pentecostales y carismáticos contemporáneos. Es más, la pregunta obligada sería ¿cómo articular una explicación satisfactoria sobre este movimiento y su teología? Aún más, hay quienes temen que una explicación teológica sistemática podría eclipsar el énfasis espiritual del movimiento pentecostal. 

También están los que podrían pensar que una sola explicación de la teología pentecostal obstruiría la diversidad significativa del movimiento globalmente. Es probable, pero hay otros, que dudan de que los pentecostales puedan contribuir significativamente a la agenda teológica. Otros optan por descalificar al movimiento argumentando que este todavía no ha llegado a ser una tradición teológica en sí misma.  

Lo que estas reacciones tienen en común es una observación que carece de una narrativa teológica y que tampoco tienen un símbolo teológico que les permita identificar y distinguir a la teología pentecostal. Sin embargo, las últimas publicaciones pentecostales reflejan una alto grado de escolaridad y profundidad teológica. Es más, la teología pentecostal no se aparta de la iglesia, ni de los fenómenos espirituales, sociales y culturales que se observan en la comunidad de fe y la sociedad donde opera. Pero es importante destacar que la mayoría de las propuestas teológicas recientes son constructivas, programáticas y fenomenológicas. La teología pentecostal está encarnada en la Escritura y en la iglesia. Es impulsada y manejada por el Espíritu de Dios. El testimonio de la validez de esta teología está en la vida de cada creyente comprometido con Cristo.

(Continuará la próxima semana)

EXCELENCIA EN LA FORMACION PASTORAL

Son muchas las demandas y necesidades en la formación de los pastores. El mundo continúa cambiando vertiginosamente. La abundancia de información en la internet causa que los pastores y nuestra gente reaccionen de diferentes y variadas maneras en respuesta tal situación. De igual forma, los seminarios continúan siendo afectados por el exceso de información de nuestro tiempo, lo que genera la inquietud de desarrollar una capacidad de discernimiento mucho más aguda que antes. Tal parece que la necesidad más grande de hoy no es adquirir conocimiento, sino más bien la capacidad de discernir qué es lo que conviene retener o desechar en el proceso de formación ministerial.

Estamos arribando a la tercera década del siglo XXI y en este tiempo la información será mucho más abundante que en el pasado. Ante esta situación se necesita una docencia que sea capaz de manejar el equilibrio entre lo que conviene o no conviene retener en nuestras aulas, sean estas presenciales o virtuales. Esto último demanda mucho cuidado en la elaboración del currículo y mayor rigurosidad en la formación académica de los pastores. Es probable que estemos a punto de plantearnos una supervisión más participante en la calidad de nuestra docencia.

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Nuestra educación también debe mostrar credibilidad académica. Para lograr este objetivo la iglesia y las instituciones teológicas deberán invertir inteligente y responsablemente más recursos en la formación de los docentes. Vivimos en un tiempo donde proliferan instituciones falsas que ofrecen diplomas con títulos grandes, pero sin ningún respaldo académico. Algunos de nuestros pastores son víctimas de esa trampa debido la necesidad de un título que ofrezca credibilidad a su gestión ministerial. Esa falta de acreditación es obvia, pero la situación se complica cuando a esas personas se les permite enseñar en nuestras instituciones. 

Nuestros pastores son el mejor ejemplo de la calidad de nuestra educación teológica. Acá está la fórmula para medir el éxito o el fracaso de nuestra instrucción educativa. Un pastor que se formó en nuestras aulas debería ser capaz de mostrar lo que aprendió, en el mismo campo de la práctica. En referencia a esto último se puede decir que, a mayor tiempo y nivel de formación, mayor eficiencia debería observarse en el ministerio de nuestros egresados. Por supuesto, también está el problema de que algunos egresados del seminario no son tomados en cuenta por sus líderes. Algunos supervisores optan por quitarles el apoyo y los dejan en el aire, desaprovechando así un buen recurso que podría contribuir con el mejoramiento del perfil pastoral de su territorio.

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Aquí también hay que agregar que, para mantener un perfil pastoral saludable, necesitamos practicar nuestros principios doctrinales, teológicos y ministeriales tal y como lo enseña nuestra fe pentecostal. Sin duda, para continuar creciendo y expandiendo nuestro su radio de acción nuestros pastores necesitan observar las prácticas espirituales que hacen a nuestro movimiento efectivo en la comunidad. Por estas y otras razones, reconozcamos las necesidades de nuestro tiempo, seamos sabios y entendidos al replantearnos el tipo de formación más adecuado para nuestros estudiantes y mantengamos vivas las enseñanzas pentecostales en nuestra formación de pastoral. Esto es parte de nuestro compromiso con la excelencia educativa.


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