LA AUTORIDAD DE LA PALABRA

LA AUTORIDAD DE LA PALABRA

El aprecio por la inspiración verbal de la Palabra de Dios ha generado que el pentecostalismo defienda, con ardor, la autoridad que se encuentra inherente en la Escritura. Aunque los detractores de la fe pentecostal la han acusado de fijarse ‘solo en la experiencia’, la verdad es que, desde el mismo comienzo, el pentecostalismo tuvo la más alta consideración y respeto por la autoridad de la Escritura. Aún, Dale Bruner, quien ha criticado fuertemente al pentecostalismo, admitió que el pentecostalismo abiertamente declara que, si el movimiento no pudiera justificar su existencia en las Escrituras, no tendría razón para existir (Brunner, 1972, 63). Esa preocupación por permanecer saludablemente en la autoridad de la Escritura se encuentra presente en la comunidad de fe y práctica del pentecostalismo en general. 

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Una demostración de esta preocupación se puede observar en una de las anotaciones en el libro de la minutas de la Asamblea General de la Iglesia de Dios en 1912: Cada año ha traído preguntas difíciles y cada pregunta ha sido discutida con el propósito de encontrarle respuestas y soluciones en armonía perfecta con la Escritura. En lo que corresponde a los participantes, todos han mostrado un honesto y sincero deseo por la verdad a la luz de la Palabra. Nosotros nunca hemos forzado a la Escritura a que se ajuste o acomode a nuestra conveniencia, al contrario, siempre hemos cedido a nuestro propio propósito y conveniencia a fin de que todo se someta a la obediencia y armonía de las Escrituras, las cuales estamos obligados a defender (Tomlinson, 1912, 4).

Aquí es importante notar que la supremacía de la autoridad bíblica se extiende desde la iglesia a la vida personal de los creyentes. La Biblia es afirmada como la única norma de autoridad y fe contra la cual toda palabra y experiencia es medida. Ahora bien, aunque esa supremacía de autoridad no es una innovación de los creyentes, ya que esta posición hacia la Escritura encuentra sus raíces en la Reforma, cuyo llamado a afirmar la autoridad de la Escritura sobre la tradición, fue uno de sus enunciados más fuertes. Sin embargo, esa pasión con la que el pentecostalismo se apega a la autoridad de la Escritura, contradice la versión popular de que el pentecostalismo es un movimiento que solamente enfatiza el éxtasis y la experiencia carismática.

Esa insistencia en la autoridad de la Escritura fue un argumento que utilizaron los pentecostales primitivos contra aquellos que se oponían a todo lo que se relacionaba con el credo apostólico. Aquella literatura pentecostal estaba saturada de ataques contra las tradiciones humanas. Tales enunciados eran tan polémicos, que se parecían mucho a los enunciados que se dieron antes del período de la Reforma misma. Aquellos argumentos le daban preeminencia a la Escritura por encima de la tradición eclesiástica del Catolicismo Romano. Con respecto a esto, T. S. Payne expresó, “haced a un lado las enseñanzas hechas por hombres o tradiciones y tomad toda la verdad de Dios. La tradición no puede tener poder o autoridad sobre las cosas sagradas. Por esa razón, los creyentes nos basamos solamente en la Palabra escrita de Dios” (Payne, 1994, 381). 

Es imposible establecer un credo para que un hombre predique y que el Espíritu Santo guíe hacia toda verdad. Si esto fuera verdad o error, no habría diferencia. Si cada artículo fuera tan puro como el oro, rompería la ley de Dios, así como Moisés quebró las tablas de la ley de Dios (Spurling, 1920, 25). 

A medida que el movimiento del Espíritu fue creciendo, esa dureza contra los credos fue menguando y se volvió moderado. Eventualmente, los creyentes reconocieron que, aunque “los credos no son la Escritura”, tampoco estos son solamente un record histórico de las memorias del pasado (Ervin, 1984, 20). Finalmente, los creyentes se dieron cuenta de la importancia del valor de la codificación y el registro escritural de sus creencias con el fin de corregir los excesos heréticos que surgen con frecuencia dentro del movimiento mismo. Sin embargo, ellos continúan manteniendo su fuerte convicción de que los credos y las tradiciones solamente pueden tener cierta autoridad que, en todo caso, se deriva de la autoridad absoluta, la cual se encuentra en las Escrituras. 

Por su parte, aunque los carismáticos también insisten en que ellos comparten el mismo celo por la autoridad de la Escritura y que también abrazan el principio de la Reforma de sola scriptura, la percepción que algunos carismáticos tienen de la obra continua del Espíritu Santo, por lo general, tiende a disminuir dicha insistencia, especialmente en lo que se refiere a la profecía y la glossolalia. Al respecto, Mark McLean apunta que hay una tendencia en los carismáticos a abandonar la autoridad del canon, por la autoridad que les ofrecen las revelaciones frescas del Espíritu Santo (McClean, 1984, 35-6). Mientras que estos defienden la autoridad explicita, dicha autoridad es implícitamente desautorizada por el nuevo énfasis en la ‘palabra fresca’ que los carismáticos ponen sobre la profecía y lo que ellos enseñan como el rhema de la Palabra. El asunto es que aún el rhema o palabra fresca que haya sido revelada debe supeditarse a la autoridad absoluta de la Escritura, o lo que ellos llaman el logos mismo. En otras palabras, nada supersede a la autoridad de la Escritura, ni el rhema mismo el cual debe ser generado por la Escritura misma. Con respecto a esto último, Richard Quebedeaux provee una amplia evidencia sobre la excesiva exaltación de la profecía carismática: “En el movimiento carismático y en el neopentecostalismo, la autoridad espiritual se basa últimamente en la actividad y la enseñanza presente del Espíritu Santo. ‘La revelación fresca’ tiene mucho más poder que la Biblia misma (Quebedeaux, 1972, 118). Esto último entra en conflicto con la verdad esencial, la cual es dada a conocer a la gente solamente por el poder del Espíritu Santo”. 

Aunque los pentecostales clásicos y los carismáticos creen que Dios habla hoy de la misma manera que habló a los autores bíblicos, las observaciones de Quebedeaux desafortunadamente distorsionan el significado histórico del movimiento pentecostal y carismático. En realidad, el pentecostalismo no propone abrazar una nueva revelación como el mormonismo, por ejemplo. Al contrario, éste se percibe sí mismo como un movimiento de avivamiento, el cual desafía a la iglesia a revivir las experiencias espirituales de la comunidad de fe tal y como están relatadas en el Nuevo Testamento. 

Con el fin de delinear la distinción entre la autoridad de la Escritura y la profecía, Cecil Robeck ofrece tres elementos que los creyentes fácilmente identifican como mecanismos prácticos (1) Mientras que la revelación de Dios en la Escritura es normativa en todos los asuntos relacionados con la fe y la praxis cristiana, todos los demás elementos que Dios utiliza para guiar a su pueblo, incluyendo el don profecía, están sujetos a la prueba de las normas de la Escritura para legitimizar su validez. (2) Mientras que la Escritura proclama para sí misma una autoridad inherente e independiente, la autoridad de la profecía es determinada por su consistencia con la Palabra. Finalmente (3) Mientras que la Escritura es una autoridad universal con aplicaciones universales, la profecía se refiere a individuos específicos en tiempos y situaciones específicos. Por lo tanto, el énfasis de la profecía se centra en el valor de la exhortación inmediata que ejerce sobre los oyentes (Robeck, 1979, 27-31). La obra reveladora y continua del Espíritu Santo no es vista como un desafío a la autoridad de la Escritura, sino más bien como una aplicación específica del mensaje bíblico, el cual es limitado por dos elementos, la sujeción a la Escritura y la aplicabilidad consistente de la profecía. 

La Infalibilidad de la Palabra

Otro elemento que es crucial en el proceso hermenéutico es el reconocimiento de los creyentes de la inspiración e infalibilidad del canon de la Escritura. Al igual que los evangélicos, los pentecostales han tenido dificultades para definir términos tales como infalibilidad e inerrancia cuando se refieren al texto bíblico. Para aliviar esta dificultad, los intérpretes han tratado de evadir cada uno de los dos excesos más notables. Primero, los pentecostales han rechazado la afirmación liberal de que la Biblia es un documento humano, repleto de errores humanos, que simplemente contiene la Palabra de Dios. Para los pastores esa posición minimiza la autoridad bíblica y limita al intérprete a la tarea de separar lo real de la ficción y la verdad del error. Tal proceso coloca al intérprete con autoridad sobre el texto, en vez de que el texto tenga la autoridad sobre el intérprete. Como resultado, los penteostales han observado a la crítica científica de la Escritura con sospecha. La santidad de un canon inspirado espiritualmente es visto por los intérpretes por encima de todas las facultades humanas. Por lo tanto, la Escritura se convierte en la norma que sirve para evaluar los esfuerzos críticos humanos. En vez de que la crítica científica sea la que evalúe la verdad de la Escritura, los pentecostales ven a la verdad de la Escritura determinando la validez y la relevancia de la crítica. 

Por otro lado, los pastores rechazaron el extremo fundamentalista que ve a la Escritura como un depósito estático de la verdad, al cual el intérprete analiza utilizando sus facultades racionales solamente. Al contrario, los exégetas han sido capaces de examinar las dificultades encontradas en la Escritura sin utilizar el recurso defensivo de la postura asumida por muchos intérpretes fundamentalistas. Definitivamente, los pentecostales afirman la infalibilidad de la Biblia; pero mientras esa infalibilidad es una asunción sobre la cual los pastores fundamentan su hermenéutica; estos también reconocen que no tienen ni la habilidad, ni la responsabilidad de demostrar esa infalibilidad. La Biblia es infalible, porque ha sido inspirada por un Dios infalible. Después de esto no hay otra demostración de infalibilidad que sea necesaria. 

Ahora bien, el fundamentalismo está en lo correcto cuando insiste en la inspiración divina de la Escritura, la inerrancia de la Palabra de Dios y otras verdades Bíblicas incluidas en sus cinco puntos fundamentales—la inerrancia de la Escritura, la divinidad de Cristo, el nacimiento virginal, la doctrina de la expiación vicaria y la resurrección corporal en el tiempo de la segunda venida. Sin embargo, la forma en que el dispensacionalismo presenta estas verdades es más bien el resultado de una posición ideológica y no de una perspectiva bíblica. El dispensacionalismo es rígido y rechaza toda forma de revelación que no sea adherida a sus cinco puntos fundamentales. Además, se opone a toda forma de estudio o aproximación crítica al texto. 

La dificultad mayor de la interpretación fundamentalista es que rechaza el carácter histórico de la revelación bíblica y cierra las puertas para una revelación fresca. De manera que se vuelve incapaz de aceptar la verdad total involucrada en la Encarnación misma. En cuanto a la relación del hombre con Dios, el fundamentalismo evita deliberadamente toda forma de acercamiento entre lo divino y lo humano. Se rehúsa a aceptar que la Palabra inspirada de Dios ha sido expresada en lenguaje humano, y que esa Palabra, bajo la inspiración de Espíritu Santo, ha sido expresada por medio de autores con capacidades y recursos limitados. Esa es la razón por la que el fundamentalismo trata al texto bíblico como si se tratara de un dictado, palabra por palabra, por el Espíritu Santo. Por otro lado, falla en reconocer que la Palabra de Dios ha sido formulada en lenguaje y expresiones condicionadas por varios periodos y contextos históricos. Además, no repara en la formas literarias que se conjugan con las formas humanas de pensamiento involucradas en el texto bíblico. En realidad, muchos eventos y recuentos son el resultado de un proceso que se extiende por periodos de largo tiempo y que involucran las marcas de situaciones históricas y contextos diversos. 

El fundamentalismo hace tanto énfasis en la inerrancia de ciertos detalles en el texto bíblico que se fija específicamente en aquellos que se refieren a eventos históricos o supuestas verdades científicas. Por lo general convierte en histórico a todo material que desde el mismo comienzo no intentaba aparecer como un antecedente histórico. Así que considera como histórico a todo aquello que es narrado con verbos en tiempo pasado, fallando con ello en considerar la posibilidad de encontrar un significado simbólico o figurativo en el texto.

La Continuidad de la Revelación

El fundamento mismo enseña que el Espíritu Santo nunca ha detenido la función reveladora a través de la Palabra, al contrario, es el Espíritu quien le da vida y significado a la Palabra y la hace accesible al entendimiento del intérprete. La Palabra de Dios no es estática, sino viviente y dinámica; y como tal, siempre estará activa expandiéndose y formando parte de una revelación progresiva. Para el estudioso pentecostal la Palabra continuará expandiéndose e integrándose a la realidad humana en conocimiento, sabiduría y poder, virtudes que nunca dejarán de crecer. 

La hermenéutica pneumática parte de una profunda pasión por la Palabra, a la cual se somete porque es amante de la verdad. El poder de la revelación de la verdad contenida en la Palabra se centra en la persona de Cristo Jesús, el Hijo de Dios. En la interpretación pneumática, la Palabra continúa revelando la voluntad de Dios cada día y es responsabilidad del creyente mantener una vida de profunda relación con ella, no solamente como un libro que hay que leer como requerimiento, sino como una fuente de revelación fresca que desarrolla mayor pasión por el reino de Dios y su justicia. 

Desde esta perspectiva, el intérprete pneumático ve al registro o la narrativa histórica del texto como la autoridad final; sin embargo, la Palabra misma impulsa una revelación fresca para cada día, situación o circunstancia. Esa condición genera un sentido práctico de seguridad que le permite confiar su vida y ministerio a Dios. Seguidamente, el intérprete se somete a la dirección del Espíritu Santo para la aplicación práctica y el entendimiento de la verdad contenida en la Escritura. 

La hermenéutica pentecostal contiene elementos de sencillez y practicalidad. La meta del intérprete es hacer la enseñanza del texto accesible a todos los santos. Esa es una de las razones por la que el movimiento mantiene un alto sentido de responsabilidad entre todos los creyentes. Tanto la cátedra como la predicación de los pastores contienen un mensaje profundo de la verdad basado en la Palabra. También contiene una aplicación práctica y sencilla que es capaz de movilizar a todos los santos para la obra del ministerio. 

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