LA LITURGIA PENTECOSTAL

LA LITURGIA PENTECOSTAL

LA LITURGIA PENTECOSTAL

Una revisión a la hermenéutica pneumática no estaría completa sin estudiar la liturgia pentecostal, veamos. Este estudio es importante porque explica el proceso a través del cual los creyentes son iniciados en la interpretación de la voluntad de Dios a través de la Encarnación de la Palabra en la adoración (Vondey, 2010, 119-20). En éste los creyentes son guiados a expresarse y a recibir Palabra viva que les permita cumplir con su misión cristiana. La ministración, por lo general, ocurre a través de la alabanza y la adoración y llega a niveles de gran altura espiritual a través de la predicación poderosa de la Palabra y el ejercicio de los dones carismáticos, los cuales están disponibles a todos los santos que fielmente se santifican y se dejan usar por el Espíritu Santo. 

La Liturgia Pneumática 

Por lo general, los servicios pentecostales son dinámicos y su objetivo es levantar el nombre de Cristo Jesús por encima de todo orden establecido. La expresión corporal y espiritual crean un ambiente de celebración donde participan activamente todos los creyentes. La alabanza y la adoración en el Espíritu son profundas y se renuevan continuamente. Estos elementos conllevan un significado de fortaleza y de vida espiritual sólidas y dinámicas (Ingalls, 2015, 2-8). Preparan el ambiente para la ministración de la Palabra y el ejercicio de los dones espirituales que son repartidos por el Espíritu Santo según su voluntad soberana a todos los participantes del servicio. Los creyentes se someten al Espíritu de Dios en una disposición receptiva para recibir lo que él quiera darles.

En un servicio Pentecostal, es típico observar a creyentes hablando en otras lenguas durante la alabanza y adoración o a veces, en momentos especiales después de la predicación, ya sea para confirmar la palabra predicada o para desafiar a la congregación a enfocarse en algún tópico en particular que el Espíritu Santo trata de acentuar en el servicio. Estas manifestaciones son consideradas como carismáticas y forman parte de liturgia misma del servicio. Este tema lo explica muy bien Frank D. Macchia, cuando se refiere a la práctica del don de lenguas como parte de la liturgia pentecostal (Macchia, 1993, 61-76).

En cuanto a las ordenanzas de la iglesia (sacramentos), estos se expresan de tres maneras: el Bautismo en agua, la Cena del Señor y el Lavatorio de Pies de los Santos. Aunque hay otros sacramentos que se practican tales como la presentación (dedicación) de los niños a Dios, las bodas y la ordenación de santos para el ministerio, estos tienen significados litúrgicos diferentes a los tres primeros. 

En general estos elementos litúrgicos le dan un fundamento eclesiológico sólido a la comunidad de fe pentecostal. Estos forman parte de los elementos indiscutibles e insustituibles que sirven como símbolos sagrados y de iniciación entre los seguidores de Cristo. 

Además, los símbolos sagrados son percibidos como elementos de formación, de combate y de conquista. Los creyentes no se arrodillan ante los símbolos de la fe cristiana, sino ante el creador de tales símbolos. En las congregaciones pentecostales se utilizan los símbolos sagrados para afirmar a los creyentes en la fe y para hacerles sentir parte de la iglesia. Por lo general, los emblemas sirven como fuente de identidad y permiten que la congregación se apropie de señales que le permitan entender mensajes espirituales para el fortalecimiento de la fe (Martin, 1995, 101-17). Por ejemplo, la cruz es un símbolo que les recuerda el sacrificio expiatorio de Cristo, quien dijo que, el que quiera ser su discípulo, debe negarse a sí mismo, tomar su cruz cada día y seguir en pos de él (Lucas 9:23). Así que el significado de la cruz de Cristo es de entrega, sacrificio y obediencia total a él; y el que quiera vivir la vida cristiana según lo diseñado por la Palabra de Dios, debe someterse a este mensaje. 

La Alabanza Pentecostal 

En Latinoamérica, al igual que en otros contextos, la alabanza pentecostal, al principio, fue percibida por gran parte de la comunidad cristiana tradicional, como irracional y desordenada, por su expresiones físicas de alegría y de gozo (Aguirre, 2008). ¡No hubo nada más erróneo e injusto que eso! En realidad, la alabanza pentecostal es integral. 

Haciendo acopio de la simbología del tabernáculo de reunión en el Antiguo Testamento, la alabanza y adoración del pueblo de Dios era practicada en tres diferentes lugares o niveles. En el atrio había manifestaciones masivas de algarabía, gozo y júbilo. La música y la alabanza de aquel sector del tabernáculo bien podía ser designada como la “alabanza de los pies”, donde el ritmo y el júbilo del pueblo en fiesta celebraba el triunfo o la victoria y, creaba la firme convicción de la presencia de Dios en medio de su pueblo (Macchia, 1993, 66). De igual manera, en un sentido simbólico, los creyentes, al reunirse en sus asambleas de adoración, aplauden con entusiasmo y practican muchas y variadas manifestaciones físicas que celebran el triunfo de Cristo en la vida de la iglesia. 

Alabanza del corazón

Una vez que el pueblo pasaba al siguiente nivel de adoración, al lugar santo, el volumen, el ritmo y la algarabía bajaban de intensidad para dar paso a la adoración del corazón. Acá el pueblo se dedicaba a expresarle a Dios su amor, su entrega y consagración a su servicio. Estos reconocían el Señorío de Cristo y se sometían a su voluntad. La música de este nivel era exquisita y motivaba al corazón a postrarse en adoración ante su Hacedor. La adoración pentecostal por lo general sigue ese orden y se inspira en expresarle su amor al Señor (Peart, 19776). Todo esto prepara al pueblo de Dios a recibir la ministración del lugar santísimo. 

Adoración con entendimiento. Una vez que la alabanza de los pies y la adoración del corazón han llegado a su nivel de máxima expresión, el pueblo está preparado para recibir la Palabra. Generalmente el predicador, o figura sacerdotal, comparte el mensaje que Dios tiene en esa ocasión para su pueblo. Por supuesto los niveles anteriores preparan un ambiente de ministración poderosa. La predicación pentecostal por lo general es vibrante, emotiva y cargada de pasión. El mensaje es desafiante y estimula a la congregación a tomar decisiones serias en su relación con el Señor. 

La Adoración 

En general la adoración pentecostal es profunda, dinámica y creativa. La misión del adorador es entrar en la presencia de Dios y expresarle libremente su amor y devoción a él. Intencionalmente el creyente procura ser original y expresarse a sí mismo delante del Señor. Para ello es necesario despojarse del ritualismo y la actividad religiosa vacía y sin vida que caracteriza a la persona religiosa (Maltz, 1985, 113-37). 

En virtud de lo anterior, en la adoración pentecostal hay un alto contenido de expresión emocional que se manifiesta a través de las condiciones de gozo, paz, esperanza y amor (Miller y Strongman, 2002, 8-27). Todo lo contrario, a esta condición es desmeritado y no pertenece a un ambiente verdaderamente pentecostal. 

Tanto la liturgia como la adoración sirven para preparar el ambiente para la hermenéutica pneumática. Estos elementos crean un estado de expectación y receptividad dentro de la comunidad de fe que permiten la libre expresión de los dones espirituales y la exposición de la Palabra con un mensaje fresco, actualizado y contextualizado (Macchia, 1993, 70). En otras palabras, el texto crea vida y establece la vida. Los creyentes son estimulados en la fe y animados a vivir para Cristo según las ordenanzas y las enseñanzas del Nuevo Testamento. De ahí que la preocupación de los pastores se centra en estimular la manifestación de los dones ministeriales descritos en Efesios 4:11: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo.” Cuando esto ocurre la iglesia mantiene un equilibrio sólido que le permite seguir creciendo y avanzando en la evangelización del mundo. De esta manera la gobernabilidad sabia, la enseñanza sólida y la ministración efectiva hacen que la comunidad de fe siga la dirección de la Palabra y se someta a ella conforme a la voluntad de Dios. Ello genera, por consiguiente, un pueblo sano y fuerte. Indudablemente el fin o la misión de la hermenéutica pneumática deja de ser un ejercicio meramente académico y se encarna en la vida de la iglesia misma, sin perder de vista su estricta disciplina y su proceso metodológico de encarar al texto. 

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